Tucson, 2010

He decidido que ya no voy a volver a París. Sé que pensarás que es una estupidez, pero te prometo que jamás volveré. Algo ha cambiado desde que te fuiste. Algo de sus bulevares o tal vez del olor a pan recién horneado o de la forma en la que el Louvre se refleja sobre el Sena, ya sabes, cuando la luz es propicia y el día está despejado. Sin ti no sería lo mismo y si por un casual volviera, me olvidaría de los olores, de los parques y de las corrientes de aire. Pasaría las horas persiguiendo el eco de tu risa por la Rue de Rivolí.

París se ha convertido en una postal en tonos sepia, como aquella que se nos cayó debajo de la nevera nada más ponerla. Aún recuerdo esa casa. Es increíble lo poco que necesitábamos para decir que todo estaba bien, que la vida era maravillosa y para autoconvencernos de que llegarían tiempos mejores. Aunque ahora, treinta años después y tras muchas mudanzas e intentos, creo que ya llegaron en su momento. No nos dimos cuenta, seguramente llegaron una de esas mañanas en las que decidimos dormir hasta tarde, tras beber más de la cuenta y hacer el amor hasta la extenuación.

En fin, siento ponerme tan melancólico. No sé si es que me hago viejo o es que de verdad todo pasó demasiado deprisa. El otro día hablé con tu hermana, me la encontré al salir de la iglesia y hacía mucho que no hablábamos. Recordamos aquel verano que pasamos de vuelta en Arizona. Cómo ella se reía de ti, hablando con acento francés cada vez que cambiabas la cerveza por el vino o se te escapaba algún “merci”. Me hubiera gustado que estuvieras ahí, seguro que se te hubiera ocurrido alguna forma ingeniosa de devolvérsela. Se me hace muy extraño estar de vuelta. Tucson está irreconocible, han abierto cientos de cafeterías y pequeños bistrós. Hoy en día parece que todas las ciudades quieren ser París.

Me hospedo en un hotel a las afueras. Tu hermana me ofreció su habitación de invitados, pero no he querido molestarla, al fin y al cabo, solo estoy de paso. He alquilado un coche y mi intención es conducir hasta San Diego. Hace mucho que no veo el mar y tengo que salir de aquí antes de que el desierto me atrape y ya no haya vuelta atrás. Aún me quedan un par de amigos en el Citizen y seguro que podría sacarme un dinerillo escribiendo columnas de opinión o algún editorial. Tal vez vuelva el año que viene a probar suerte. De momento, carretera, whisky de centeno y vistas al océano.

Me gustaría mucho que leyeras esta carta y te hiciese recordar, aunque fuese por un momento, aquellos años tan felices que pasamos jugando a ser europeos y viviendo por vivir. Me despido. Donde quiera que estés, no olvides que te quiero y que en palabras de Humphrey Bogart y por mucho que odies esa película: “siempre tendremos París”, pero no el de ahora, si no el nuestro. El que se cayó bajo la nevera y nunca fuimos capaces de recuperar.

 

Carta encontrada sobre una tumba del cementerio South Lawn de Tucson.

Cordillera del Atlas, 1984

Siento no haberte escrito antes, te sorprendería lo difícil que es conseguir un papel y un bolígrafo sin hablar una palabra de árabe en este caos de ciudad, por no hablar de una oficina de correos. Dejamos Orán hace 5 noches y aún no hemos llegado a nuestro destino. He visto cosas tan hermosas que apenas me creerías si te las describiera. Descuida, he hecho un montón de fotos, de eso puedes estar segura. Sabes que tu padre y yo no solemos estar de acuerdo, pero tiene toda la razón cuando me reprocha haberme gastado más dinero en carretes que en tu anillo de compromiso. Yo que sé, siempre fuiste de bisutería más que de joyas ¿no? pero bueno ¡explícale eso al viejo!

En fin, volviendo a la expedición. Llevamos cinco días de travesía y sin duda lo más reconfortante de toda la experiencia está siendo acostarme cada noche bajo el sobrecogedor cielo nocturno. Nunca había visto nada igual, ¿te acuerdas de cuando conducíamos hasta aquella cantera en las afueras para ver la lluvia de estrellas? Pasábamos la noche tumbados sobre el capó esperando a que cayera alguna. Aquí se ven cada noche, si prestas atención puedes ver docenas en tan solo unas horas. William dice que es uno de los mejores sitios del mundo para admirar el cielo nocturno y que si no estuviera ahí la cordillera, y la planicie se extendiera hasta el horizonte, parecería que estamos en el medio de una esfera con diamantes colgados del techo. Es un hombrecillo bastante curioso, no parecía tan estrafalario en sus cartas. Lleva más de diez años viviendo en el norte de África y no tiene intención de irse hasta dentro de al menos otros diez. Siempre habla del continente con la misma pasión con la que un granjero habla de sus cultivos o su ganado, como si ambos se beneficiaran el uno del otro.

Aún no hay rastro del halcón peregrino. Uno de los porteadores que nos acompañan afirma que vio uno esta madrugada cuando aún dormíamos, pero William dice que el muy inepto no sabría distinguir un halcón de una corneja. Están empezando a recoger el campamento, saldremos al despuntar el alba para aprovechar bien el día. Deberíamos alcanzar la base de la cordillera en un par de horas. No sé si encontraremos los nidos antes de que cambie el tiempo y tengamos que dar media vuelta, pero ya solo por esto ha merecido la pena. No sabes cuánto lo necesitaba, creo que yo tampoco hasta que pisé la arena del desierto por primera vez en tantos años. Echaba de menos las aventuras y los viajes y dormir al raso con la cámara en el petate. Ha sido como volver al pasado, a aquellos días en los que no sabía si el próximo destino me acercaría a ti o me mandaría al otro lado del mundo. Estaré de vuelta antes de que te des cuenta, ya verás. Puedes ir preparando el cuarto oscuro si quieres, he pensado que podríamos revelar las fotos juntos en el sótano, como solíamos hacer en la antigua casa. Ya me dirás qué te parece la idea.

Siento perderme los preparativos de la boda, de veras que lo siento. No quiero ni imaginarme lo mucho que se debe de estar estresando tu madre eligiendo las flores y la banda y todas esas cosas que ni tu ni yo entendemos. William se ha ofrecido a hacer las fotos, un detalle por su parte, aunque creo que este hombre haría cualquier cosa a cambio de una barra libre. Sé que no le he prestado mucha atención al asunto últimamente, creo que aún estoy terminando de asimilarlo, pero prometo poner más de mí parte cuando vuelva. No te haces una idea de cuántas veces te he imaginado caminando hacia mí vestida de blanco por el pasillo central. Nos vemos en unos días ¿vale? Da recuerdos a todos y enséñale a tu padre dónde está Argelia en el mapa, creo que aún piensa que me he ido a Sudamérica.

Carta encontrada por un grupo de montañeros entre las pertenencias de las víctimas de un desprendimiento de rocas en la Cordillera del Alto Atlas

Barcelona, 2008

Espero que esta aún sea tu dirección. Ya apenas me acuerdo de cuándo fue la última vez que hablamos, solo sé que me hablabas de dejarlo todo e irte a Sudamérica, que ese tío ya no te hacía feliz y que se te echaba encima la ciudad. Sé que no te has ido. No me malinterpretes, te creo capaz y eso, pero desde hace unos años has sido de las que no se rinden por muy perdida que esté la causa. Te prometo que cuando cogí el bolígrafo tenía un esquema casi perfecto de qué demonios iba a decirte, una especie de combinación de alusiones al pasado y datos aleatorios sobre qué ha sido mi vida desde la última vez que fumamos aquel cigarrillo a medias frente al ambulatorio, la primera vez que ingresaron a tu madre. Ahora ya no sé qué decirte, la verdad, es difícil hacer como que no he vuelto a echarte de menos desde que lo dejamos en tablas y me fui por ahí a hacer vida de lo que coño sea que estoy haciendo.

El tema es que el otro día entré en un bar de este barrio gentrificado hasta más no poder y me hicieron pagar 3 pavos por una de esas cervezas que pillábamos tiradas de precio en él super de tu barrio. ¿Qué tendríamos? ¿dieciséis? ¿diecisiete años? Que más da. El caso es que me acuerdo de beberlas en el patio de tu edificio, cuando tus padres aún no habían vuelto del trabajo. Nos las abría con la navaja aquel viejo trasnochado que vivía en el bajo derecha, el de las camisetas que antes eran cutres y ahora serían vintage. Me acuerdo perfectamente de aquel patio de azulejo rojo, de cómo se arrastraban sobre él las sombras de los tendederos como telarañas difuminadas y de cómo solo nos besábamos antes de las seis, con hambre y urgencia, antes de que llegaran tus viejos.

Recuerdo pocas cosas de ese último año. Las tardes en el parque viendo a las señoras asándose con los abrigos de piel saliendo de misa en primavera, besarnos en el cine al aire libre que montaban los veranos en el descampado y leer juntos aquel libro de Bukowski casi en ruinas de la biblioteca pública, que era lo más parecido a follar que podíamos hacer sin que tus padres o los míos se fueran a pasar el finde a la costa. Si te soy sincero, no sé si sería capaz de recordar nada de eso si no hubieras sido parte de ello. Joder ¿Por qué no hemos vuelto a hablar? Tampoco lo dejamos tan mal ¿no? Yo me fui y tú te quedaste, y ninguno dijimos nada. Supongo que entonces parecía una razón de peso para dejarnos de movidas adolescentes, olvidarnos el uno del otro y empezar a crecer un poco. Era buen plan, no lo niego, pero desde que te vi el año pasado en el funeral no he dejado de pensar en ti. En lo bien que te quedó siempre el negro y lo mucho que te había crecido el pelo y en lo mal que disimulaste esa sonrisa cuando cruzamos las miradas, uno en cada extremo de la iglesia.

He vivido tanta mierda insulsa en los últimos años que cuando intento volver al último momento completamente sincero y apasionado que viví, siempre acabo ahí, sentado a tu lado en aquel banco frente al centro médico; donde me faltó valor para preguntarte que si estabas con alguien, que si te apetecía tomar algo mañana antes de que cogiera el tren. Hubiera cambiado esos silencios que compartimos entre caladas y sirenas por todo esto que te escribo ahora y ni siquiera sé si hubiera cambiado algo, pero me hubiera quedado más tranquilo, la verdad. Si te llega esta carta escríbeme ¿vale? No sé qué podría salir de esto, pero no estaría de más renovar algún que otro recuerdo, antes de que se queden obsoletos y no valgan para nada.

 

Carta encontrada horas antes de la demolición de un bloque de edificios de protección oficial, en el buzón de una casa que nunca se llegó a volver a alquilar.

Apalaches, 1971

Ayer me acordé de las historias que me contabas, aquellas de cuando eras muy pequeña y vivías en aquel pueblecito cerca de Stuttgart, en pleno corazón de la Selva Negra. No recuerdo mucho, la verdad, han pasado muchos años desde la última vez que me hablaste de tu infancia. Lo que sí recuerdo es una imagen. Está ahí, almacenada en algún lugar de mi cabeza y es totalmente falsa y sin duda un producto de mi imaginación, pero lleva tanto tiempo ahí metida que ya se ha convertido en un recuerdo y a veces me asalta con tanta nitidez que bien podría ser real. Eres tú, con unos cinco años, apenas te levantas unos palmos del suelo y llevas un abrigo azul abrochado hasta arriba, a juego con las botas y los guantes. Estás parada, con la mano derecha abierta y el brazo ligeramente extendido hacia atrás como incitándome a que tome tu mano y contemplemos juntos el extenso valle que se extiendo frente a ti, bajo el risco en el que estamos parados, frondoso y desafiante hacia el horizonte. La imagen termina ahí, no sé qué ocurre después, pierdo la concentración y todo se difumina como gotas de acuarela en un mar embravecido.

Apenas me acuerdo de tu voz, hoy intenté recordarla, especialmente esa voz tan cálida y melodiosa que se te ponía cuando me explicabas algo que no entendía. Ya casi no puedo oírla. La siento lejana, como si sonara tras metros de escayola en una habitación cerrada. Supongo que te pasará lo mismo al intentar recordar la mía. Tú al menos tienes esos vídeos de cuando estuve en el grupo de teatro del instituto que siempre intento esconder, pero acabas encontrando. Espero que no los veas muy a menudo. No sé ni siquiera si aún te acuerdas de mí, ni si me reconocerías si entrase ahora mismo en tu habitación con estas pintas tan desaliñadas.

Debí haberte hecho caso mamá. Tenía que haber ido a la universidad y dejarme de ideas estúpidas. Ahora ya es demasiado tarde y no hay mucho que pueda hacer por arreglar esta situación, lo peor de todo es que no sabes dónde estoy y yo no sé si podré volver algún día. Ojalá hubieras estado junto a mí el día que decidí trabajar lo suficiente como para llenar el depósito de gasolina y conducir hacia ese Norte con el que siempre soñé.  El entusiasmo de los primeros días se ha desvanecido, no puedo vivir solo aquí fuera. Por muy mala que fuera la situación en casa, el calor de esas cuatro paredes no lo voy a encontrar aquí fuera. He pasado semanas caminando entre claros y espesura. Creo que no se volver mamá. Dudo que pueda siquiera enviarte esta carta algún día.

Camino sin rumbo. Todos los árboles parecen iguales y ya hace varios días que dejé atrás el último puesto de los guardas forestales. A veces, cuando encuentro un sendero de montaña abandonado y lo sigo, con los pies cansados y el estómago ardiendo por la inanición, imagino que al subir la ladera te veo ahí, de pie sobre el risco, inmóvil y olvidada por el tiempo y tomo tu mano para no soltarla jamás. Debería haberte hecho caso mamá, ahora ya es demasiado tarde. Es muy probable que muera aquí entre estos árboles centenarios, en una noche gélida, ante la mirada impasible de estas montañas y con la cara sobre las hojas secas, mientras el viento mece mis cabellos inertes y se lleva mi último aliento lejos de aquí, hacia tierras más tranquilas donde tal vez algún día vuelva a verte. Solo espero que, si aún te acuerdas de mí, no pienses que me fui como papá. Nunca me fui para no volver. Tan solo es que me está costando mucho encontrar el camino a casa.

 

Carta encontrada por un barrendero junto a un par de botas de montaña ajadas en una papelera frente a un asilo en Orlando.

Liubliana, 2001

Cuando me enamoré de ti me prometí a mí mismo que no volvería a escribir de noche. De eso ha pasado ya mucho tiempo y hoy son tantos los estímulos, que hasta las páginas en blanco me hablan de ti. Francamente, ya no me quedan excusas para no escribirte. Me pregunto si aún recuerdas mi habitación y esa esquina junto a la estantería donde solías sentarte a analizar todo lo que salía de mi máquina de escribir. Últimamente hace demasiado calor y las ventanas no cierran bien. Cuando se levanta el viento y me sorprende tirado en la cama, la brisa me devuelve a aquel verano que pasamos juntos. Alquilamos aquel apartamento frente al río. Supongo que aún te acordarás, aquel que apenas tenía muebles, a parte de un par de sillas y una mesa, el del colchón en el suelo y la claraboya que nunca pudimos abrir, aquel que olía a aguarrás y témpera rancia. A decir verdad, nada de eso nos importaba. Lo único importante era estar y eso nadie nos lo podía arrebatar y éramos libres para quemar las tardes de cualquier manera, normalmente retorciéndonos desnudos sobre sobre las páginas manuscritas de aquel libro que nunca llegué a publicar.

No teníamos carreras, ni responsabilidades a parte de mantenernos vivos y juntos. Tampoco teníamos dinero para ningún capricho más allá de ese vino casi salvaje con el que nos embriagábamos junto al río, viendo pasar las barcas repletas de turistas. Siempre me preguntabas si creía que ellos nos veían, si notaban nuestra presencia o nos percibían tan vacíos como nosotros a ellos. Yo te decía que probablemente estarían demasiado absortos en su empeño por tomar la foto perfecta del castillo que se alzaba sobre la colina detrás de nuestra casa. Suena bien, ¿no crees? “nuestra casa”. A decir verdad, nunca lo fue, pero nos gustaba jugar a que sí lo era. Jugar a tener trabajos, a llegar a casa baldados y morir cada uno en los brazos del otro. Éramos jóvenes jugando a ser adultos, y ahora que lo somos de verdad, solo quiero volver a esa casa y jugar a que sigue siendo nuestra, al menos por un segundo.

Hace tiempo que no hablamos, ya no coges mis llamadas. Supongo que todo te va bien por París, tal vez mejor de lo que me gustaría. No lo digo a malas, lo prometo. Es solo que cuando te va mal me quieres mejor y yo me siento útil y siento que no tengo que escribirte estas cartas porque todo va bien. Tal vez esté siendo un poco egoísta. Supongo que ya no me debes nada, que saldaste todas nuestras deudas con creces la última vez que nos vimos y mencionaste a aquel muchacho tan brillante de tu doctorado. Parecía un tío genial. Por primera vez en mucho tiempo me sentí inferior a alguien y lo peor de todo es que su único mérito había sido colarse en tu mente un instante mientras nos despedíamos en la Gare du Nord.

Espero que todo te vaya bien, que hayas conseguido esa beca para estudiar en la Sorbona y que hayan aprobado tu tesis. Tal vez sea mucho pedir, supongo que habrás pasado página y eso, pero si te ves con ganas respóndeme ¿vale? Últimamente estoy muy perdido y echándo la vista atrás, me doy cuenta de que mi vida lleva sin tener sentido desde que me subí a ese tren por última vez y vi que ya no lo seguías con la mirada mientras dejaba atrás el andén. Echo de menos ver tus cartas sobresaliendo de mi buzón casi tanto como  el olor a aguarrás y témperas, y el peso de tu cuerpo sobre el mío.

Carta encontrada bajo un colchón de la planta de oncología del Hospital Americano de París

Copenhague, 1980

Hola, soy yo otra vez. Estoy echado en la cama de mi nueva habitación. Las nubes se han tomado la tarde libre por primera vez en semanas y ahora que los días se han hecho más cortos, el avistamiento de un cielo azul se ha convertido en un acontecimiento singular y digno de presenciar. Me recordó a la primera vez que te vi en aquel bar a miles de kilómetros de aquí.

Solo entré para escapar de las aceras y sus alcantarillas humeantes. La luz era tan tenue que apenas me costó acostumbrarme a ella a pesar de haber vagado en la oscuridad durante horas. Sentía el gélido ardor del sabor de mi old fashioned en mis labios cuando nuestras miradas se cruzaron y no pude evitar imaginar que eso que humedecía mis labios era el sabor de los tuyos, protegidos por aquel carmín color cera de lacre. El bar estaba abarrotado, demasiado para ser un jueves a unas horas tan intempestivas, y un cuarteto de aficionados le estaba haciendo un flaco favor a Duke Ellington interpretando su In a Sentimental Mood sobre aquella tarima destartalada para un público que se encontraba en un avanzado estado de embriaguez.

Se suponía que tenía que ser una noche perfecta para olvidar, una sucesión indeterminada de envenenamientos controlados con un objetivo muy claro, borrar aquella noche y todas las anteriores de mi mente, al menos durante un par de días. Era un plan perfecto, pero tuviste que mandarlo todo al garete soltando aquella carcajada disimulada cuando el pianista la cagó en el solo. Mi mente pasó de alojarse en el fondo de mi whisky entre dos piedras de hielo casi derretidas a obsesionarse con las comisuras de tus labios y la forma en la que tu mano izquierda agarraba el vaso. Supuse que también tocarías el piano, ya que el fallo no habría sido tan fácil de identificar para alguien ajeno al instrumento, por tu forma de vestir y tu forma de mirar me atreví a adivinar que te gustaban las cosas bien hechas, sin rodeos y en su momento justo y que bebías Martini sin aceituna, porque sinceramente, ¿quién tiene tiempo para semejantes fruslerías?

Si tú eras Duke, yo sería Armstrong y juntos llenaríamos los silencios de aquel incierto Indigo Mood que compartimos. Debería haber sido así, algo brillante y prodigioso, o al menos debería haber sido. Cualquier cosa hubiera valido, pero terminó siendo la más efímera noche de pasión. No recuerdo muy bien que pasó, creo que fue mi editor, que tras llamar a todos los bares de Brooklyn acabó dando conmigo y echándome la bronca por teléfono por haberme pirado del hotel sin previo aviso, a su modo de verlo, yo no era más que un borracho y un fracasado. Esa llamada, una de tantas en realidad, no me hubiera importado lo más mínimo de no ser porque cuando me giré ya no estabas y no te he vuelto a ver.

Llevo buscándote desde entonces en cada bar, en cada mujer a la que he conocido y es agotador. Cada vez que creo que te he olvidado, mi esposa decide pintarse los labios con ese maldito carmín o suena el viejo Duke en la radio mientras comemos y es entonces cuando me asalta tu recuerdo y te escribo estas cartas que nunca leerás.

Carta encontrada en una caja de cartón junto otras similares en la antigua oficina de un conocido abogado danés especialista en divorcios.

Katmandú, 1963

El otro día paseando por Sundhara me vino una frase a la mente, una frase muy sencilla, tan sencilla que era completamente cierta. Tan cierta que tenía que decírtela.

Vine aquí por la Montaña y me quedé por ti.

Ahora te has ido y voy a tener que encontrar otro motivo para quedarme. Empezaré por cambiar de cama, cambiar de hostal, también de camino para llegar al mercado y el resto de cambios llegarán sobre la marcha. Me duele dejar Freak Street, siento una profunda admiración por los apátridas y espíritus libres que viven en esta calle, pero por mucha gente que venga y muchos años que pasen esta siempre será nuestra calle.

La semana pasada me escribió mi hermano. Seguramente por orden de mi madre. Aún me preguntan que cuándo voy a volver a casa y la única respuesta que puedo darles es que mi casa se fue contigo, así que no les doy ninguna. Le hablo de las ventiscas cuando las hay, de lo que hago cada día, de los pájaros que veo y de cómo el otro día el viento se llevó tu guirnalda. Aquella guirnalda que colgaste en la azotea, no he sido capaz de encontrarla, seguramente bajó surcando el valle. Intenté hacer una nueva, pero ya sabes que no se me dan muy bien esas cosas.

Empecé a trabajar de repartidor, no me pagan mucho, pero me permite conocer poco a poco cada esquina de esta ciudad. El otro día seguí los ecos de las oraciones rebotando tímidamente entre los muros quebradizos del barrio de Thamel y encontré de nuevo aquel pequeño templo al que fuimos el día en que nos conocimos. Hice una pequeña ofrenda y acabé pasando allí la tarde junto a un grupo de novicios. Te hubiera encantado. Trenzamos lazos de sauco, comimos arroz de puchero y paseamos en completo silencio por el jardín del templo entre higueras y acacias.

Espero que te llegue esta carta. Se la daré a los de tu ONG cuando pasen de nuevo por aquí a ver si hay suerte. Ojalá todo te vaya bien, al menos un poco mejor que a mí. No puedo escribir mucho más, creo que ha vuelto a afectarme el mal de altura. Pensé que ya me había acostumbrado a la altitud, pero me encuentro muy débil y las migrañas me nublan la mente. Se me va la cabeza y ya solo puedo pensar en ti. Vivo de recuerdos entre paños fríos y el humo del incensario. Me siento solo, pero no abandonado.No te preocupes, estaré bien.

Carta encontrada entre las pertenencias de un paciente de cáncer en estado terminal horas después de su muerte en el hospital de Katmandú