Montepulciano, 2011

Me gustaría saber qué será lo primero que pienses cuando veas esta carta en el buzón. Cuando reconozcas el sobre hecho a mano, manualidad mediocre que nunca llegué a perfeccionar, con tu nombre escrito en temblorosa caligrafía. Tal vez vaya directo a la basura, no me sorprendería que estas palabras se perdieran y nunca nadie llegase a leerlas. Acepto la posibilidad, supongo que me lo tengo merecido. Te diría que lamento no haberme puesto en contacto antes y que los tres meses que iba a pasar viajando se hayan convertido en dos años. Dos años en los que ni un solo día tuve el coraje de escribirte y soltarte un “oye, le he cogido el gusto a esto. A no ser nadie y a vagar sin rumbo y volver a casa me aterra y no sé ni cómo mirarte a los ojos.” Nunca se me dieron bien las excusas. Sobre todo cuando siento que estaría excusándome simplemente por haber vivido y haberme sentido realmente viva.

No obstante lo que si te debo es una disculpa, te dije que te llamaría y que haríamos planes para encontrarnos unos meses más tarde y viajaríamos juntos cuando terminases el doctorado. No hubiera podido llamarte aunque hubiera querido y el motivo puede parecer bastante estúpido. Verás, a las pocas semanas de tomar el tren en Lyon terminé en Austria con un grupo de mochileros americanos que habían perdido la olla hace ya unos cuantos años. El caso es que pasamos la noche frente a un lago y ahí,  en un estupor de Rakia, mientras aquellos descerebrados hablaban a voces sobre la “liberación suprema” y sobre la “destrucción de la sociedad falsa que nos controla…” Bueno, digamos que me convencieron y acabé tirando el móvil al lago.

En fin, no te cuento esto para que te resulte más fácil perdonarme. Sé que no funcionas así y que en todo caso lo único que haría sería que me odiases más aún. Pero quería contártelo porque echo de menos charlar contigo, es una añoranza que ha viajado conmigo estos años. Es una carga emocional que me eché a la espalda con gusto y que probablemente hoy, tras mucho darle vueltas, me haga escribirte esta carta. No sé si te apetecerá contestarme, pero si te animas ¿por qué no me cuentas algo gracioso? Seamos realistas, seguro que en estos dos años has tenido alguna cita desastrosa o has vuelto a cagarla en alguno de esos congresos tan aburridos por los que andas paseando tu tesis. Bueno, tú haz lo que quieras. Si lo prefieres, mándame una carta recordándome que soy una irresponsable y que nunca dejaré de ser “una niñata repelente que se cree demasiado guay para la universidad”. O sea, me da lo mismo. Solo te pido que si se te pasa por la cabeza sentarte a escribirme le eches un par de huevos y lo hagas.

La dirección está en el sobre. Ahora estoy en Italia, no me preguntes cómo he acabado aquí porque no estoy muy segura. ¡Ah y lo mejor de todo es que nunca llegué a Noruega! Supongo que me entretuve por el camino… El mundo es tan bonito y hay tantas cosas que ver y personas con las que hablar que fue cuestión de dejarme llevar. Pero bueno, ahora llevo una vida más o menos normal. Trabajo en una posada preciosa. Es una antigua villa de principios del siglo pasado. Llevo ayudando a reformarla desde principios de marzo y aún queda mucho por hacer, pero es un proyecto apasionante y los dueños de la casa son la pareja de ancianos más adorable que te puedes imaginar. En fin, que tengo mucho que contar y me gustaría contártelo a ti ahora que me he dado cuenta de que eres la única persona a la que no he podido olvidar.

Carta encontrada en el bolsillo interior de una americana en el Centro de Convenciones de Boston junto con un billete de avión caducado con destino Roma.

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Phuket, 2004

Solía pensar que vivir aquí sería como unas eternas vacaciones, que el mero hecho de llamar hogar a este paraíso terrenal me garantizaría una vida feliz y despreocupada durante un tiempo. Ahora que al fin he llegado y me encuentro en la otra punta del mundo, veo que no estaba tan equivocado. El último mes pasó rápidamente y echando la vista atrás parece que no he hecho gran cosa, que me he dejado llevar por la vida despreocupada que se puede esperar de un verano sin fin a escasos metros en la playa. Levantarse a medio día con los rayos del sol bajo un cielo azul infinito, comer en la playa lo que fuera que los locales estuvieran cocinando en rudimentarias barbacoas sobre la arena blanca y fantasear cuaderno en mano a la sombra de las palmeras retorcidas y arrugadas frente al mar.

A pesar de la hospitalidad de los que habitan estas costas he llevado una vida bastante solitaria y contemplativa. Lo sé, no es propio de mí, pero tras conocer a tanta gente durante el resto de mis viajes resulta liberador poder dedicar algo de tiempo a escuchar mis propios pensamientos, explorarlos, encadenarlos libremente y expresarlos en silencio sin esperar respuesta de nadie. Tal vez por eso decidí quedarme aquí de forma indefinida, al menos de momento. Tendría que habértelo dicho antes mamá, pero quería estar muy seguro antes de escribir esta carta, tenía que asegurarme de que esto era lo que realmente quería hacer con mi vida, al menos por ahora.

Sé que si vieras lo que yo veo cada mañana lo entenderías. Esta región es impresionante, no solo las playas, su naturaleza exuberante me deja sin aliento cada vez que me alejo de la costa y me adentro en la selva, caminando sobre la tierra húmeda de los senderos que la atraviesan. Me devuelve a la infancia y a esas historias de exploradores y arqueólogos que solía leer en los libros del estudio de papá. La capital de la región está a solo unos minutos en coche, así que voy a menudo. Es una ciudad que resulta abrumadora al principio, no se parece en nada a Montreal. Las calles están llenas de conversaciones en idiomas desconocidos y el sonido de miles de bocinas roncas. El olor a especias y el humo de los puestos de comida callejera lo envuelve todo hasta tal punto que casi parece que toda la ciudad es una olla a presión.

Sé que quedan apenas unas semanas para que comience el próximo semestre y que debería estar volviendo a casa para hacer la matrícula. Le he dado muchas vueltas, pero finalmente he decidido que voy a quedarme aquí. Creo que debo aprovechar este momento mientras dure. Ya sabes que últimamente ando algo perdido, que la carrera ya no me motiva y que siento que hace años que no aprendo nada, así que he decidido que prefiero estar perdido en la otra punta del mundo y que volveré cuando tenga las cosas claras.

No te preocupes, lo tengo todo planeado. Durante la estación de lluvias estuve ayudando en un resort bastante importante de por aquí. Pasé unos cuantos días retirando hamacas, barriendo el muelle y ocasionalmente echando una mano con los clientes que solo hablaban francés. La semana pasada fui a ver al gerente y le expliqué un poco mi situación, me ha prometido un trabajo de botones para dentro de unas semanas, en cuanto empiece la temporada alta. No es el trabajo perfecto, pero como no tengo experiencia no creo que pueda aspirar a nada mejor, al menos de momento. La paga no es gran cosa, pero me dan el almuerzo y una cama en una de las habitaciones de empleados.

Aún recuerdo como papá solía decirme que no hacía falta que trabajase mientras estuviera en la universidad, que a la familia le iba bien y que podíamos permitírnoslo, pero creo que ha llegado la hora de que aprenda lo que es el trabajo duro. No sé, tal vez así valore mi paso por la facultad de derecho como se merece y deje de verlo como un tedio de 5 años al que debo sobrevivir. Por cierto, no te preocupes por el dinero, aun me queda bastante de lo que me disteis al empezar el viaje, creo que será suficiente para sobrevivir hasta que empiece el trabajo y pagarme un vuelo de vuelta a casa. ¡Nos vemos en unos meses! Ah, y a los abuelos diles que sigo en Europa de intercambio, no hace falta que se preocupen más de la cuenta.

 

Carta encontrada entre los escombros de un hotel destruido por el tsunami que asoló las costas del sureste asiático en 2004.

Helena Valley Northeast, 2015

Hace ya unos meses que te fuiste. Me hiciste prometer que no te escribiría en invierno, porque los días son cortos y fríos y uno tiende a decir tonterías cuando se siente solo en la oscuridad. Te mentiría si te dijese que no me senté frente al papel en más de una ocasión con la intención de decirte que no te había olvidado, que tenía un plan para salir de aquí y tal vez volver a verte. Reencontrarnos lejos del campo esta vez, en tu elemento, y dar un largo paseo sobre los adoquines de tu ciudad, tal vez tomar un café en ese bar del que siempre me hablabas. Nos imaginé tantas veces allí, conversando frente al piano en tu mesa favorita, que me habría gustado ver cómo es el sitio en realidad.

Bueno, el caso es que ya ha llegado el otoño y sigo queriendo escribirte. Supongo que no echas mucho de menos esto ¿no? Siempre decías que la vida en el campo no era lo tuyo, que odiabas no poder ponerte vestidos y que no sabías cómo me las apañaba para vivir aquí sin mayores ambiciones que aprender el oficio familiar. A veces yo también me lo pregunto. Tendría que haber en mi vida algo más allá que ayudar a mis padres a reparar las vallas, a canalizar el agua y a distinguir los brotes unos de otros. Puede que algún día lo haya, pero de momento aquí estoy, listo para la siembra de este año y preparándolo todo para la llegada de los nuevos voluntarios. Será agradable tener la casa llena otra vez. Mi padre dijo esta mañana que estarán aquí en un par de meses.

Siempre se me pasa por la cabeza la misma estupidez. Es un pensamiento tan fugaz como inverosímil. Te imagino volviendo a aparecer en la estación. Llevas el pelo recogido y esa camisa vaquera que te queda enorme. Has vuelto a ponerte las sandalias antes de tiempo y te mueres de frío, así que corres hacia la furgoneta y te sientas a mi lado como si no hubiera pasado ni un día desde que te vi partir. Es una estupidez, ¿no? Sería una locura pedir otro verano contigo.

He tenido tiempo de sobra para recordar el tiempo que pasamos juntos. El invierno llegó tormentoso e inmisericorde. La lluvia y el granizo nos mantuvo recluidos en casa durante semanas enteras. Menos mal que nos echaste una mano con el invernadero antes de irte, sino hubiéramos perdido casi toda la cosecha y habríamos tenido que volver a empezar desde el principio. Con el ganado no tuvimos tanta suerte, ¿te acuerdas de la puerta del granero? Aquella que cerraba mal. Una noche se levantó un viento terrible y se abrió de par en par con un ruido ensordecedor, perdimos a tres caballos esa noche.

Me siento como un idiota escribiéndote esta carta sin tener nada relevante que contarte. Ni siquiera sé si aún te importa esto, lo único que quiero saber es si aún te acuerdas de mí. De las tardes junto al lago. De los susurros en el ático mientras todos dormían. Me gustaría pensar que así es y que el glamur de la ciudad no ha hecho que te olvides de ese verano que pasaste conmigo en medio de la nada. No sé si debería decirte esto, pero tengo algo de dinero ahorrado y creo que podría ir a verte. ¿Qué te parece? No es nada definitivo y solo lo haré si te parece bien. Espero ansioso tu respuesta.

 

Carta encontrada en una oficina de correos de Los Ángeles, marcada como “dirección inexistente”.

Tucson, 2010

He decidido que ya no voy a volver a París. Sé que pensarás que es una estupidez, pero te prometo que jamás volveré. Algo ha cambiado desde que te fuiste. Algo de sus bulevares o tal vez del olor a pan recién horneado o de la forma en la que el Louvre se refleja sobre el Sena, ya sabes, cuando la luz es propicia y el día está despejado. Sin ti no sería lo mismo y si por un casual volviera, me olvidaría de los olores, de los parques y de las corrientes de aire. Pasaría las horas persiguiendo el eco de tu risa por la Rue de Rivolí.

París se ha convertido en una postal en tonos sepia, como aquella que se nos cayó debajo de la nevera nada más ponerla. Aún recuerdo esa casa. Es increíble lo poco que necesitábamos para decir que todo estaba bien, que la vida era maravillosa y para autoconvencernos de que llegarían tiempos mejores. Aunque ahora, treinta años después y tras muchas mudanzas e intentos, creo que ya llegaron en su momento. No nos dimos cuenta, seguramente llegaron una de esas mañanas en las que decidimos dormir hasta tarde, tras beber más de la cuenta y hacer el amor hasta la extenuación.

En fin, siento ponerme tan melancólico. No sé si es que me hago viejo o es que de verdad todo pasó demasiado deprisa. El otro día hablé con tu hermana, me la encontré al salir de la iglesia y hacía mucho que no hablábamos. Recordamos aquel verano que pasamos de vuelta en Arizona. Cómo ella se reía de ti, hablando con acento francés cada vez que cambiabas la cerveza por el vino o se te escapaba algún “merci”. Me hubiera gustado que estuvieras ahí, seguro que se te hubiera ocurrido alguna forma ingeniosa de devolvérsela. Se me hace muy extraño estar de vuelta. Tucson está irreconocible, han abierto cientos de cafeterías y pequeños bistrós. Hoy en día parece que todas las ciudades quieren ser París.

Me hospedo en un hotel a las afueras. Tu hermana me ofreció su habitación de invitados, pero no he querido molestarla, al fin y al cabo, solo estoy de paso. He alquilado un coche y mi intención es conducir hasta San Diego. Hace mucho que no veo el mar y tengo que salir de aquí antes de que el desierto me atrape y ya no haya vuelta atrás. Aún me quedan un par de amigos en el Citizen y seguro que podría sacarme un dinerillo escribiendo columnas de opinión o algún editorial. Tal vez vuelva el año que viene a probar suerte. De momento, carretera, whisky de centeno y vistas al océano.

Me gustaría mucho que leyeras esta carta y te hiciese recordar, aunque fuese por un momento, aquellos años tan felices que pasamos jugando a ser europeos y viviendo por vivir. Me despido. Donde quiera que estés, no olvides que te quiero y que en palabras de Humphrey Bogart y por mucho que odies esa película: “siempre tendremos París”, pero no el de ahora, si no el nuestro. El que se cayó bajo la nevera y nunca fuimos capaces de recuperar.

 

Carta encontrada sobre una tumba del cementerio South Lawn de Tucson.

Cordillera del Atlas, 1984

Siento no haberte escrito antes, te sorprendería lo difícil que es conseguir un papel y un bolígrafo sin hablar una palabra de árabe en este caos de ciudad, por no hablar de una oficina de correos. Dejamos Orán hace 5 noches y aún no hemos llegado a nuestro destino. He visto cosas tan hermosas que apenas me creerías si te las describiera. Descuida, he hecho un montón de fotos, de eso puedes estar segura. Sabes que tu padre y yo no solemos estar de acuerdo, pero tiene toda la razón cuando me reprocha haberme gastado más dinero en carretes que en tu anillo de compromiso. Yo que sé, siempre fuiste de bisutería más que de joyas ¿no? pero bueno ¡explícale eso al viejo!

En fin, volviendo a la expedición. Llevamos cinco días de travesía y sin duda lo más reconfortante de toda la experiencia está siendo acostarme cada noche bajo el sobrecogedor cielo nocturno. Nunca había visto nada igual, ¿te acuerdas de cuando conducíamos hasta aquella cantera en las afueras para ver la lluvia de estrellas? Pasábamos la noche tumbados sobre el capó esperando a que cayera alguna. Aquí se ven cada noche, si prestas atención puedes ver docenas en tan solo unas horas. William dice que es uno de los mejores sitios del mundo para admirar el cielo nocturno y que si no estuviera ahí la cordillera, y la planicie se extendiera hasta el horizonte, parecería que estamos en el medio de una esfera con diamantes colgados del techo. Es un hombrecillo bastante curioso, no parecía tan estrafalario en sus cartas. Lleva más de diez años viviendo en el norte de África y no tiene intención de irse hasta dentro de al menos otros diez. Siempre habla del continente con la misma pasión con la que un granjero habla de sus cultivos o su ganado, como si ambos se beneficiaran el uno del otro.

Aún no hay rastro del halcón peregrino. Uno de los porteadores que nos acompañan afirma que vio uno esta madrugada cuando aún dormíamos, pero William dice que el muy inepto no sabría distinguir un halcón de una corneja. Están empezando a recoger el campamento, saldremos al despuntar el alba para aprovechar bien el día. Deberíamos alcanzar la base de la cordillera en un par de horas. No sé si encontraremos los nidos antes de que cambie el tiempo y tengamos que dar media vuelta, pero ya solo por esto ha merecido la pena. No sabes cuánto lo necesitaba, creo que yo tampoco hasta que pisé la arena del desierto por primera vez en tantos años. Echaba de menos las aventuras y los viajes y dormir al raso con la cámara en el petate. Ha sido como volver al pasado, a aquellos días en los que no sabía si el próximo destino me acercaría a ti o me mandaría al otro lado del mundo. Estaré de vuelta antes de que te des cuenta, ya verás. Puedes ir preparando el cuarto oscuro si quieres, he pensado que podríamos revelar las fotos juntos en el sótano, como solíamos hacer en la antigua casa. Ya me dirás qué te parece la idea.

Siento perderme los preparativos de la boda, de veras que lo siento. No quiero ni imaginarme lo mucho que se debe de estar estresando tu madre eligiendo las flores y la banda y todas esas cosas que ni tu ni yo entendemos. William se ha ofrecido a hacer las fotos, un detalle por su parte, aunque creo que este hombre haría cualquier cosa a cambio de una barra libre. Sé que no le he prestado mucha atención al asunto últimamente, creo que aún estoy terminando de asimilarlo, pero prometo poner más de mí parte cuando vuelva. No te haces una idea de cuántas veces te he imaginado caminando hacia mí vestida de blanco por el pasillo central. Nos vemos en unos días ¿vale? Da recuerdos a todos y enséñale a tu padre dónde está Argelia en el mapa, creo que aún piensa que me he ido a Sudamérica.

Carta encontrada por un grupo de montañeros entre las pertenencias de las víctimas de un desprendimiento de rocas en la Cordillera del Alto Atlas

Barcelona, 2008

Espero que esta aún sea tu dirección. Ya apenas me acuerdo de cuándo fue la última vez que hablamos, solo sé que me hablabas de dejarlo todo e irte a Sudamérica, que ese tío ya no te hacía feliz y que se te echaba encima la ciudad. Sé que no te has ido. No me malinterpretes, te creo capaz y eso, pero desde hace unos años has sido de las que no se rinden por muy perdida que esté la causa. Te prometo que cuando cogí el bolígrafo tenía un esquema casi perfecto de qué demonios iba a decirte, una especie de combinación de alusiones al pasado y datos aleatorios sobre qué ha sido mi vida desde la última vez que fumamos aquel cigarrillo a medias frente al ambulatorio, la primera vez que ingresaron a tu madre. Ahora ya no sé qué decirte, la verdad, es difícil hacer como que no he vuelto a echarte de menos desde que lo dejamos en tablas y me fui por ahí a hacer vida de lo que coño sea que estoy haciendo.

El tema es que el otro día entré en un bar de este barrio gentrificado hasta más no poder y me hicieron pagar 3 pavos por una de esas cervezas que pillábamos tiradas de precio en él super de tu barrio. ¿Qué tendríamos? ¿dieciséis? ¿diecisiete años? Que más da. El caso es que me acuerdo de beberlas en el patio de tu edificio, cuando tus padres aún no habían vuelto del trabajo. Nos las abría con la navaja aquel viejo trasnochado que vivía en el bajo derecha, el de las camisetas que antes eran cutres y ahora serían vintage. Me acuerdo perfectamente de aquel patio de azulejo rojo, de cómo se arrastraban sobre él las sombras de los tendederos como telarañas difuminadas y de cómo solo nos besábamos antes de las seis, con hambre y urgencia, antes de que llegaran tus viejos.

Recuerdo pocas cosas de ese último año. Las tardes en el parque viendo a las señoras asándose con los abrigos de piel saliendo de misa en primavera, besarnos en el cine al aire libre que montaban los veranos en el descampado y leer juntos aquel libro de Bukowski casi en ruinas de la biblioteca pública, que era lo más parecido a follar que podíamos hacer sin que tus padres o los míos se fueran a pasar el finde a la costa. Si te soy sincero, no sé si sería capaz de recordar nada de eso si no hubieras sido parte de ello. Joder ¿Por qué no hemos vuelto a hablar? Tampoco lo dejamos tan mal ¿no? Yo me fui y tú te quedaste, y ninguno dijimos nada. Supongo que entonces parecía una razón de peso para dejarnos de movidas adolescentes, olvidarnos el uno del otro y empezar a crecer un poco. Era buen plan, no lo niego, pero desde que te vi el año pasado en el funeral no he dejado de pensar en ti. En lo bien que te quedó siempre el negro y lo mucho que te había crecido el pelo y en lo mal que disimulaste esa sonrisa cuando cruzamos las miradas, uno en cada extremo de la iglesia.

He vivido tanta mierda insulsa en los últimos años que cuando intento volver al último momento completamente sincero y apasionado que viví, siempre acabo ahí, sentado a tu lado en aquel banco frente al centro médico; donde me faltó valor para preguntarte que si estabas con alguien, que si te apetecía tomar algo mañana antes de que cogiera el tren. Hubiera cambiado esos silencios que compartimos entre caladas y sirenas por todo esto que te escribo ahora y ni siquiera sé si hubiera cambiado algo, pero me hubiera quedado más tranquilo, la verdad. Si te llega esta carta escríbeme ¿vale? No sé qué podría salir de esto, pero no estaría de más renovar algún que otro recuerdo, antes de que se queden obsoletos y no valgan para nada.

 

Carta encontrada horas antes de la demolición de un bloque de edificios de protección oficial, en el buzón de una casa que nunca se llegó a volver a alquilar.

Apalaches, 1971

Ayer me acordé de las historias que me contabas, aquellas de cuando eras muy pequeña y vivías en aquel pueblecito cerca de Stuttgart, en pleno corazón de la Selva Negra. No recuerdo mucho, la verdad, han pasado muchos años desde la última vez que me hablaste de tu infancia. Lo que sí recuerdo es una imagen. Está ahí, almacenada en algún lugar de mi cabeza y es totalmente falsa y sin duda un producto de mi imaginación, pero lleva tanto tiempo ahí metida que ya se ha convertido en un recuerdo y a veces me asalta con tanta nitidez que bien podría ser real. Eres tú, con unos cinco años, apenas te levantas unos palmos del suelo y llevas un abrigo azul abrochado hasta arriba, a juego con las botas y los guantes. Estás parada, con la mano derecha abierta y el brazo ligeramente extendido hacia atrás como incitándome a que tome tu mano y contemplemos juntos el extenso valle que se extiendo frente a ti, bajo el risco en el que estamos parados, frondoso y desafiante hacia el horizonte. La imagen termina ahí, no sé qué ocurre después, pierdo la concentración y todo se difumina como gotas de acuarela en un mar embravecido.

Apenas me acuerdo de tu voz, hoy intenté recordarla, especialmente esa voz tan cálida y melodiosa que se te ponía cuando me explicabas algo que no entendía. Ya casi no puedo oírla. La siento lejana, como si sonara tras metros de escayola en una habitación cerrada. Supongo que te pasará lo mismo al intentar recordar la mía. Tú al menos tienes esos vídeos de cuando estuve en el grupo de teatro del instituto que siempre intento esconder, pero acabas encontrando. Espero que no los veas muy a menudo. No sé ni siquiera si aún te acuerdas de mí, ni si me reconocerías si entrase ahora mismo en tu habitación con estas pintas tan desaliñadas.

Debí haberte hecho caso mamá. Tenía que haber ido a la universidad y dejarme de ideas estúpidas. Ahora ya es demasiado tarde y no hay mucho que pueda hacer por arreglar esta situación, lo peor de todo es que no sabes dónde estoy y yo no sé si podré volver algún día. Ojalá hubieras estado junto a mí el día que decidí trabajar lo suficiente como para llenar el depósito de gasolina y conducir hacia ese Norte con el que siempre soñé.  El entusiasmo de los primeros días se ha desvanecido, no puedo vivir solo aquí fuera. Por muy mala que fuera la situación en casa, el calor de esas cuatro paredes no lo voy a encontrar aquí fuera. He pasado semanas caminando entre claros y espesura. Creo que no se volver mamá. Dudo que pueda siquiera enviarte esta carta algún día.

Camino sin rumbo. Todos los árboles parecen iguales y ya hace varios días que dejé atrás el último puesto de los guardas forestales. A veces, cuando encuentro un sendero de montaña abandonado y lo sigo, con los pies cansados y el estómago ardiendo por la inanición, imagino que al subir la ladera te veo ahí, de pie sobre el risco, inmóvil y olvidada por el tiempo y tomo tu mano para no soltarla jamás. Debería haberte hecho caso mamá, ahora ya es demasiado tarde. Es muy probable que muera aquí entre estos árboles centenarios, en una noche gélida, ante la mirada impasible de estas montañas y con la cara sobre las hojas secas, mientras el viento mece mis cabellos inertes y se lleva mi último aliento lejos de aquí, hacia tierras más tranquilas donde tal vez algún día vuelva a verte. Solo espero que, si aún te acuerdas de mí, no pienses que me fui como papá. Nunca me fui para no volver. Tan solo es que me está costando mucho encontrar el camino a casa.

 

Carta encontrada por un barrendero junto a un par de botas de montaña ajadas en una papelera frente a un asilo en Orlando.